|
Monte de las banderas
Para Tony, Mirta y Maruchi
I
La voz,
que al otro lado de la línea escucha,
respira en calma:
espera, medita, confía
mientras dibuja libre un mandala
en su celda solitaria.
El hombre,
que articula esa voz,
a quien mi voz sorprende,
ha dicho: Es eso,
un minuto antes,
aunque
no me conoce, no lo conozco,
no hemos compartido
nunca
una cerveza,
una función en el teatro,
una grada
en el hervidero natural de los estadios,
un instante cualquiera
de mutua complacencia.
En la casa familiar,
su madre ofrece jugo de frutas
y me pide que le hable
al hijo prisionero
de la vida cotidiana,
del país que vemos,
de sus versos
agrupados por primera vez en libro:
su vocación adolescente
hecha realidad ahora
del modo más insospechado
y duro.
No esperamos escuchar,
el uno del otro,
tajantes discursos aleatorios,
porque la soledad es uno mismo
no esperamos nada
que no sea
una charla apacible
sobre los raros laberintos
de la condición humana
y las bondades literarias de un verso:
la luz entrevista
en la noche profunda que se cierra
como el siglo
sobre el mundo de los hombres.
Es la conversación tranquila de dos desconocidos
que mutuamente se sostienen
y contemplan una estrella en la distancia,
mientras imaginan
desde mi altura los avatares del día a día,
el largo combate que vendrá,
las sinrazones
que opone el mal para hacerse fuerte.
II
Ocho años después,
en las tardes nebulosas de septiembre,
escucho un disco
de Cesária Evora
y me voy por las calles de El Vedado
hasta llegar al mar, al muro junto al mar,
donde tantas veces
la ciudad
se muestra
en multitud.
La vida cambia,
un día y otro cambia el mundo
en su larga duración
y cambia la gente en el país que vemos,
y en las pantallas
sangrientas
de los telediarios
se reitera una imagen
que espanta:
otra vez: estallan aviones
y automóviles: otra vez
bombardean
ciudades indefensas:
En algún oscuro rincón del mundo,
que mañana puede ser
esta página este país este parque público
donde las jóvenes parejas
se besan
despreocupadas
y ríen
hasta el amanecer.
Es la espiral ascendente del miedo
y del ultraje
que todo lo quema
y restaura el odio
y crece con el siglo,
en un choque atroz de fundamentalismos
que todo lo oscurece
y despliega su garra
y se contradice y niega y censura
y olvida y mata
todo signo
de respiración y vida
bajo la sombra hermética de las torres condenadas.
Es el terror, el reino del terror,
que aplasta toda variación posible,
antes y después
de la muerte y de la luz.
Yo camino solo junto al mar y tarareo una canción de amor
en las tardes nebulosas de septiembre:
busco un recurso para sostener el alma.
Con su voz descalza, su voz de África,
obsequio agradecido de la hermana,
Cesária Evora y Antonio Guerrero
me llevan
hacia el monte
de banderas negras
(una larga fila de vidas cercenadas)
que ondean
persistentes
frente al mal,
y evidencian en esa ondulación
un estado de necesidad.
III
Nunca lo pensé así,
pero he visto las grandes palabras
arrastrarse sumisas
a los pies del verdugo,
maniatadas por el cuello
hasta cortar su respiración:
paz, libertad, democracia…
proclama enfático
el bárbaro mediocre
mientras teclea la clave
o pulsa el botón
para abrir las compuertas a la muerte;
he visto las bombas guiadas
estallar entre la multitud
y los coágulos
de sangre
empastelados
en la fachada de una heladería.
He visto desfilar
las arrogantes tropas del poder
y la justicia secuestrada
y revertida en las cortes.
He visto agrietarse
las defensas de un imperio
por el aleteo de una mariposa.
Y he visto la onda
que genera
al afirmarse
el cambio de una época.
Vuelvo a escuchar las canciones de Cesária Evora
(regalo inolvidable
de Maruchi
en la casa de Mirta)
y recuerdo la voz pausada de Tony
al otro lado de la línea;
vuelvo solo al mar, al muro frente al mar,
donde tantas veces
la multitud
se hace rostro
y grito y música y presencia
en la ciudad marcada
por los adversarios.
Vuelvo a caminar ensimismado
junto al Monte de las banderas,
a sentir el dolor y la fuerza que yace en la memoria,
a encontrar la causa,
a soñar el regreso,
a pedir en silencio
por la patria y la dignidad plena del hombre.
|